Ángel de los Ríos y Ríos, crónica de un proceso por lesiones. Año 1893

No cabe la menor duda de la inmensa calidad humana que caracterizaba a Don Ángel de los Ríos y Ríos (El Sordo de Proaño), ni de su merecida distinción como «Cronista oficial de Santander». Pero también es cierto que era un personaje de fuerte carácter, que se dejaba llevar por las pasiones, lo cual le ocasionó no pocos problemas con la justicia, y un continuo deambular por los juzgados hasta pocos años antes de su muerte.
Lo que sigue, más que un relato, es la transcripción de las crónicas que el diario santanderino «La Atalaya» publicó durante el proceso judicial llevado a cabo contra D. Ángel de los Ríos, por lesiones causadas al pastor Manuel Saiz, y que terminó con una sentencia de prisión por dos años, cuatro meses y un día.


En primer lugar, la crónica del proceso seguido contra Don Ángel de los Ríos por lesiones al pastor Manuel Saiz. El origen de este juicio fue lo acontecido el día 12 de julio del año 1892, en las inmediaciones de la venta de Tajahierro.

Crónica del día 11, correspondiente a la sesión del juicio celebrada el día 10 en la sala segunda de la Audiencia de Santander.

Ayer se vio ante la Sala Segunda de la Audiencia la causa seguida contra don Ángel de los Ríos y Ríos, por lesiones.
Componen el tribunal los señores Real, Prado y Abascal. Representa a la acusación pública el señor Echánove. Defiende al procesado el señor Collantes.
Pregunta al procesado, por escrito, el señor Presidente, si se confiesa autor del delito de lesiones. Contesta que de las lesiones sí, pero del delito no, porque no cree que lo sea.
Se interroga al señor de los Ríos, por escrito:
El señor de los Ríos refiere el hecho motivo de la causa, a petición del señor Fiscal, dice que en su casa y en el cercado inmediato tenía que sostener una pelea continua con todos los vaqueros. Una noche tuvo que luchar con un individuo que le acometió. El 12 de julio, día en que ocurrió el suceso, vio a un muchacho correr llevando por delante una res, y supuso que estaba dando de pacer a ésta en las propiedades del declarante. Detrás salieron otras reses. El señor de los Ríos mandó a su criado que cogiese al muchacho, y cuando le hubo cogido apareció el padre, al cual hubo de reprender; pero no le quiso herir a pesar de traer en la mano un revólver de seis tiros, y al ver la desobediencia y el atrevimiento del vaquero, Manuel Saiz, fue a buscar una escopeta cargada con perdigones, la cual disparó contra él. El herido cayó al suelo, y el señor de los Ríos creyó que era pamema: fue a buscar a un peón caminero y le dijo que reconociera al herido, que en casa había árnica que era todo lo que podía necesitar. El señor Ríos dice que no tuvo propósito de matar al lesionado.
A preguntas de la defensa dice que está impedido de las manos, pues no puede mover más que dos dedos de cada una; que siempre ha perseguido a los pillos y a los ladrones; que no se ha hecho caso de sus repetidas denuncias, y que no tuvo intención de matar al lesionado, puesto que le hirió en las piernas y con la escopeta que él creía cargada de perdigones.
Se procede a la prueba testifical.
Manuel Saiz, natural y vecino de Reocín, de 43 años, casado, vaquero. Dice que el día del suceso no estaban su hijo y su ganado en los terrenos de la propiedad de don Ángel de los Ríos. El ganado estaba en un sitio que está fuera de la finca del señor de los Ríos.
Vio que don Ángel aperrilló dos tiros, bajando dos veces el gatillo inútilmente, para herir a su hijo, a quien tenía cogido el criado de don Ángel. Entonces el declarante cogió una piedra y amenazó con ella al criado, que soltó al chico: éste se volvió a su cabaña. Al declarante nada le dijo don Ángel, el cual, después del anterior suceso, se fue a su casa, y salió por detrás de ella, armado con una escopeta, diciendo al testigo: ¡A Espinilla! y disparándole un tiro que le destrozó la pierna.
Dice el declarante que don Ángel le disparó el tiro a unos veinte pasos y añade que no le tiró con perdigones, sino con balas y postas.
El señor de los Ríos sostiene que el sitio donde encontró a las vacas es de su propiedad; y dice que el camino antiguo pasa cerca de la venta, pero no por esta misma, como dice el testigo.
El señor de los Ríos protesta contra los embustes del testigo. Niega que aperrillase el revólver, y dice que este arma que tenía en la mano al sorprender al hijo del lesionado, no fallaba, porque era de cartuchos metálicos, de reglamento; añade que puede probar que jamás disparó su revólver.
El señor defensor hizo varias preguntas al testigo, que no recuerda nada de lo que el señor Collantes le indica: no recuerda que se tratase de volar con dinamita el piso segundo de la casa que tenía en construcción don Ángel.
No contesta satisfactoriamente a varias de las preguntas del señor Collantes, diciendo que no se acuerda de muchas cosas que le preguntan. Confiesa que varias veces le han amenazado por meterse en terrenos que no eran comunes.
Luis López, peón caminero, oyó el disparo de la escopeta. Dice que algunas veces entran los ganados en la finca de don Ángel.
Don Ángel mismo le dijo que fuese a auxiliar al vaquero, y por si no tenía trapos bastantes para vendarle, le dio un pañuelo, diciéndole que fuese a buscar árnica a su casa.
Después don Ángel se fue a dar cuenta a la autoridad de lo ocurrido. El testigo auxilió al lesionado, que estaba en el suelo. El hijo del herido fue también a buscar, llorando a Luis López.
A preguntas del defensor, dice que a Manuel Saiz se le ha reprendido algunas veces por dejar entrar las vacas en terrenos ajenos, José Saiz Villegas, de 16 años, hijo de Manuel, dice que conoce a don Ángel. Estando echando dos vacas, una para arriba y otra para abajo, el criado le siguió y le cogió, y hallándose cogido por él, vino por la carretera don Ángel, que le amenazó con un revólver, aperrillándole dos veces. El chico se explica con desparpajo. Dice que su padre nunca tuvo disputas con don Ángel. No sabe que trataran de volar un piso de la casa en construcción de don Ángel. Confirma algunas de las manifestaciones hechas por Manuel Saiz.
Nicanor Olea Fernández, de 23 años, criado de don Ángel, relata lo ocurrido. Cogió al hijo de Saiz, por haberse metido en los terrenos de don Ángel. No oyó los golpes del gatillo del revólver de don Ángel, ni vio que éste tratase de herir con dicha arma al chico.
Dice luego, a preguntas de la defensa, que Manuel Saiz entraba mucho con su ganado en el terreno de don Ángel, y que en una ocasión se quiso ir de Tajahierro por temor de que cumplieran los vaqueros amenazas que habían hecho contra don Ángel. Añade que una noche entraron dos enmascarados en la casa de don Ángel y que otra vez maltrataron a éste, dándole una pedrada que le obligó a guardar cama; y que don Ángel se excita cuando sabe que se cometen actos ilegales.
Añade que el lesionado, antes de disparar don Ángel la escopeta, se había burlado de él.
Se celebra un careo entre Nicanor y Manuel Saiz. Este dice que desde la casa de don Ángel hasta el sitio en que hizo el disparo habrá unos 150 metros. Nicanor insiste en que dijo a Manuel y a su hijo que se iba a enterar don Ángel de que las vacas de ellos le estaban comiendo el prado. Manuel niega que se lo haya dicho. Agrega Nicanor que don Ángel se ha lamentado diversas veces de que la escopeta estuviera cargada con postas.
Se lee la prueba documental.
Se releva a un perito de toda multa, por hallarse enfermo. Otro, llamado don Arturo Isla, médico, dice que don Ángel está imposibilitado de las manos. Dice también que si la escopeta hubiese estado cargada con perdigones, dadas ciertas circunstancias, no hubiera producido el mismo daño.
Federico García dice que cuando fue Alcalde don Ángel, marchaba muy bien la cosa pública; que los vaqueros suelen dejar entrar a los ganados en las fincas particulares; que nunca quiso arrendar la finca de don Ángel por temor a las gentes, que le tienen mala voluntad a don Ángel.
Felipe Fernández Mier, natural y vecino de Soto de Campoo, dice que la casa en construcción de don Ángel era para dar hospitalidad a los transeúntes: en una ocasión recogió a un prusiano, y en otra fue agredido don Ángel, dándole una pedrada varios sujetos.
Dice también que muy a menudo entraban los vaqueros con sus vacas en los terrenos de don Ángel.
Antonio Macho dice también que Manuel Saiz metía con frecuencia las vacas en los terrenos de don Ángel.
En un careo que se celebró entre este testigo y Manuel Saiz, éste niega que el primero le dijese que le iba a ver don Ángel con los ganados.
Sebastián Aguado no ha oído que se amenazase a don Ángel. Sí oyó que en una ocasión agredieron a don Ángel.
José López no comparece.
Antonio Carreras no dice nada de importancia.
Emilio García repite lo dicho por los anteriores respecto a don Ángel.
Gregorio Olea, padre de Nicanor, confirma que se quería llevar a su hijo de la casa de don Ángel por temor a las amenazas que contra éste se dirigían.
El señor defensor renunció a un testigo.
Y se suspende la sesión que continuará hoy a las nueve de la mañana.

La Atalaya 11 de abril de 193

La Atalaya : diario de la mañana: Año I Número 99 – 11 de abril de 1893. Página 3.


Crónica del día 12, correspondiente a la sesión del juicio celebrada el día 11 en la sala segunda de la Audiencia de Santander.

Ayer continuó en la Audiencia la vista de la causa seguida contra don Ángel de los Ríos, por lesiones.
El señor defensor renuncia a examinar a don José Díaz Rábago como testigo, pero no como perito. Se hace constar en acta. La Sala acuerda que no ha lugar a la suspensión del juicio para que se tome declaración a dicho perito, que no ha comparecido, porque esa declaración no alterará considerablemente el resultado de las pruebas.
La acusación pide para el procesado de dos años cuatro meses de arresto.
La defensa un mes y un día.
Informa el Fiscal, señor Echánove.
Don Ángel de los Ríos posee cerca de Tajahierro un predio que llaman la Venta vieja, donde, lleno de filantropía, quiso establecer un refugio para los caminantes. En los terrenos de don Ángel suelen penetrar los ganados que por allí pasan, disgustándole, como es consiguiente, esta costumbre de que se invadan sus propiedades. Un día ve don Ángel salir de sus terrenos varias reses, y con ellas un muchacho hijo de Manuel Saiz. Don Ángel, al ver esto, manda a su criado que persiga al chico; el criado le coge, y teniéndole agarrado, acude el padre, quien amenazando al criado, le dice que suelte al niño, porque le va a matar don Ángel. Suelta el criado al muchacho, y éste y su padre se marchan, don Ángel va a su casa en busca de una escopeta cargada con perdigones, sale y al ver a Manuel Saiz subir por una cuestecilla le grita, y como no le hiciese caso, le dispara un tiro, hiriéndole. Después va don Ángel a buscar al peón caminero, dándole cuenta de lo ocurrido y un pañuelo para que vendase al herido, y ofreciéndole árnica para que le curase. En seguida, don Ángel va á su casa a formular la denuncia de lo ocurrido.
Examina el señor Fiscal la prueba testifical, diciendo que queda confirmado con ella lo dicho por don Ángel. No se ha confirmado lo dicho por Manuel Saiz de que don Ángel aperrilló el revólver dos veces, para herir al joven José Saiz.
El resultado del suceso fue grave, pues el herido tuvo que ser sometido a una operación quirúrgica, perdiendo una pierna.
Reconoce el señor Fiscal la concurrencia de dos circunstancias atenuantes y una dubitativa.
Cree el señor Fiscal que no tendrá en cuenta la Sala al fallar, los antecedentes penales de don Ángel de los Ríos, por la índole de los delitos.
Las circunstancias atenuantes son las de arrebato y obcecación y la de no haberse propuesto hacer el daño que hizo, como lo prueba el hecho de que fuese a su casa a dejar el revólver y a coger la escopeta que él creía cargada con perdigones.
Niega el Fiscal que hubiera agresión ilegítima por parte de Manuel Saiz.
Y pide el Fiscal que se condene a don Ángel dos años, cuatro meses y un día de prisión correccional; pero si no prevalece la circunstancia 17ª, la pena debe ser de cuatro meses de arresto mayor a dos años y cuatro meses de prisión correccional.
El señor Collanfes, que pide para el procesado la pena de un mes y un día de arresto mayor, hace uso de la palabra.
Don Ángel de los Ríos es un hijo preclaro de la Montaña, y siempre fue un perseguidor incansable del vicio, de la inmoralidad, de los atropellos.
Dice que el ayuntamiento de Campoo de Suso ha sido siempre un centro de toda clase de devastaciones: se han tragado los montes, se han hecho allí ricos muchos sujetos que nunca lo fueron, y jamás se hizo caso allí de las repetidas denuncias de don Ángel.
Don Ángel no podía ya sufrir más la befa y el escarnio de los vaqueros, entre ellos Manuel Saiz. Este era el único que estaba siempre metido en los terrenos de don Ángel, el único que no hacía caso de los avisos de los criados del señor de los Ríos para que abandonase aquellos terrenos, y acaso uno de los que apedrearon a don Ángel, y de los que se confabularon para volar el edificio que éste destinaba a refugio de los caminantes.
El señor Collantes hace notar las contradicciones en que han incurrido los testigos que han declarado contra don Ángel.
Reconoce que se trata de un delito de lesiones graves, pero es un delito que está disculpado por las circunstancias que motivaron el hecho.
A las circunstancias atenuantes reconocidas por el Ministerio público, se debe añadir la de que don Ángel no tuvo intención de cometer el delito.
Sostiene que ha habido agresión ilegítima, si no contra las personas, contra los derechos.
Cita varias sentencias del Tribunal Supremo en apoyo de lo que sostiene.
Don Ángel no disparó en la inteligencia de que tenía postas; sino creyendo que tenía perdigones.
Hace un detenido estudio legal de los hechos, aduciendo multitud de razones, a cual más poderosas, en pro de la concurrencia de circunstancias que atenúan considerablemente la responsabilidad de don Ángel.
El señor Presidente pregunta al señor de los Ríos si tiene algo que alegar. Responde, conmovido, que sobre la causa nada; sólo podría hablar de lo que pasa en su interior; tiene su ánimo apenadísimo por estos sucesos, que han trastornado su cabeza que vale más que las piernas de los lesionados; y así, antes podía ganar dinero y honra escribiendo, y ahora, conturbado su espíritu, nada puede hacer. Añade que cualquier pena que se le imponga, la más pequeña, será para él una puñalada.
Y se declara el juicio concluso para sentencia.

La Atalaya 12 de abril de 1893

La Atalaya : diario de la mañana: Año I Número 100 – 12 de abril de 1893. Página 3


El día 14 de abril, la Audiencia de Santander dictó una sentencia sobre este proceso, dicha sentencia no la encuentro publicada en la hemeroteca por parte de «La Atalaya», por tanto reproduzco literalmente lo que sobre ella publico el diario «El Aviso» en su número del día 15 de abril de 1893.

He aquí la parte dispositiva o fallo, dictado hoy en la causa seguida contra el conocido escritor don Ángel de los Ríos:
Fallamos: que debemos condenar y condenamos al sumariado don Ángel José de los Ríos y Ríos a la pena de tres años de prisión correccional con las accesorias de suspensión de todo cargo y del derecho de sufragio durante el tiempo de la condena, a que abone al ofendido por vía de indemnización de perjuicios la cantidad de 500 pesetas, sufriendo en caso de insolvencia, que aprobamos el apremio personal correspondiente a tenor de lo prevenido en el artículo 50 del Código Penal y al pago de las costas procesales. Declaramos el comiso de la escopeta, a la cual se dará el destino legal, vendiéndose para aplicar su importe al pago de las responsabilidades pecuniarias que se imponen en esta sentencia al procesado.

El Aviso, 15 de abril de 1893.

El Aviso : periódico bisemanal de noticias, anuncios, mercantil y de intereses morales y materiales: Año XXII Número 45 – 15 de abril de 1893


Esta sentencia fue recurrida por su abogado señor Collantes, y en consonancia con ello aplazado su ingreso en prisión.
Numerosas personalidades de la región principalmente del mundo de la cultura y el periodismo, mostraron públicamente su apoyo al condenado tras la sentencia.

Parece ser que un recurso de casación, obligó a repetir el juicio ante la misma Sala Segunda de La Audiencia de Santander, el nuevo juicio fue convocado para el día 26 de octubre, pero por la falta justificada de cuatro de los jurados (debían ser los mismos que en el juicio anterior), se suspendió nuevamente hasta el 7 de mayo de 1894, en que nuevamente fue suspendido por enfermedad del encausado. El día 8 de octubre de este mismo año de 1894 se celebra una primera sesión, en la cual la acusación particular había retirado las acusaciones, la sesión se sucede con argumentos y pruebas similares a las del anterior juicio que no transcribo, pero si algún leguleyo está interesado en ello puede verlo en este enlace a una página del diario «Atlántico»:  El Atlántico : Año IX Número 287 – 16 de octubre de 1894. La nueva sentencia dictada a primeros de noviembre, condenaba al procesado a dos años, cuatro meses y un día de prisión correccional, accesorias y costas.
Tras un nuevo e infructuoso recurso de casación ante el Tribunal Supremo presentado por su nuevo abogado García Morante (hijo político de su anterior defensor Collantes), el sábado 27 de abril del año 1895 ingresó en la Cárcel de Reinosa para cumplir su condena.


Artículo publicado en «El Atlántico el día 29 de abril, relatando la entrada en prisión de Ángel de los Ríos.

Don Ángel de los Ríos en la cárcel.
Anteayer, sábado, ingresó en la cárcel de Reinosa nuestro querido amigo el sabio cronista de la provincia don Angel de los Ríos y Ríos.
El alcaide de la cárcel le ha instalado en una de sus habitaciones del piso alto, con vista a la vía férrea y a la vega por la parte que la limita el cerro sobre que se alza la iglesia de Retortillo, lugar de la antigua Juliobriga de que tantas investigaciones y datos nuevos ha aportado a la historia el señor de los Ríos.
Un breviario romano y el Romancero general, de la Biblioteca de Rivadeneira, son los únicos libros que don Ángel ha llevado a su celda; y por ahora no quiere más, pues tiene otros trabajos más prosaicos en que ocupar los primeros días de su encierro.
En Reinosa ha recibido pruebas de afecto y ofrecimientos de todas clases que puedan aliviar en algo la penosa situación en que hoy se encuentra; y amigos y admiradores del preclaro escritor campurriano le visitan y acompañan cuanto pueden.
Más ¡ay! en plena primavera, un hombre tan acostumbrado a la amplia extensión de sus valles, que necesita el aire libre, el calor y el sol para sostener su cansada vida, toda ella empleada en el amor de aquella tierra, sacrificada a su cariño; vida que todavía necesitan mucho los suyos, que todavía es muy precisa a la historia, a la ciencia, a las tradiciones, al prestigio de su país… ¿no es su encierro una condena mucho mayor que la dictada por los tribunales?
Trabájese con eficacia para conseguir el pronto indulto o la conmutación de la pena que sufre don Ángel de los Ríos y Ríos, cronista de la Provincia de Santander.

 El Atlántico : Año X Número 117 – 1895 abril 29


El 29 de julio, la reina regente María Cristina firmó un Real Decreto, por que que se conmutaba la apena de Prisión por la de destierro, a distancia de 25 kilómetros. Por lo cual, el día 3 de agosto, salió de la cárcel de Reinosa, estableciendo su residencia primero en Pesquera, y más tarde en Bárcena de Pie de Concha.


El 25 de mayo del año 1896, tras haber permanecido tres meses en la cárcel de Reinosa y nueve de destierro en Pesquera y Bárcena de pie de Concha, le llegó por fin a Ángel de los Ríos el ansiado indulto.


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