El Crimen de Orzales. Año 1891.


Para situarnos un poco en el tema, hacemos referencia a una pequeña y escueta nota que se publicó en «El Correo de Cantabria» el día 31 de julio de 1891, en la que se daba cuenta de la aparición de un cadáver en el pueblo de Orzales.

En el pueblo de Orzales, partido de Reinosa, apareció una de estas mañanas el cadáver de un hombre.
La Guardia Civil de aquella villa sospecha se trata de un crimen, y persigue como autor de éste a un sujeto llamado Manuel Conde Saiz, alias «El Zurdo», pastor del pueblo de Pujayo.

«El Correo de Cantabria» Nº 91 del 31 de julio de 1891


En esa misma fecha, el diario santanderino «El Atlántico», daba igualmente noticia de la detención de Manuel Conde Ruiz, como supuesto autor del asesinato de Valentín González Martínez.

La Guardia Civil del puesto de Reinosa, ha detenido a un tal Manuel Conde Ruiz alias «El Zurdo», de 42 años, de estado casado, pastor, natural de San Miguel de Aguayo, por suponerle autor del asesinato cometido en la noche del 25 al 26 de julio del actual en la persona de Valentín González Martínez, vecino del pueblo de Lanchares.

«El Atlántico» Nº 205 del 31 de julio de 1891

Tras la detención de Manuel Conde, la vista quedó fijada para el 17 de febrero de 1892 en la Sala Segunda de la Audiencia Provincial de Santander, siendo visto el juicio por Jurado Popular. Dicho día, se celebró el juicio, actuando de defensor el colegiado Gregorio Mazarrasa. En el cual, tras modificar el fiscal sus calificaciones, se dicto auto de sobreseimiento, quedando en libertad el procesado por falta de pruebas. Y así relataba el juicio «El Atlántico» de fecha 18 de febrero.

Ayer mañana comenzaron ante la Sección Segunda y Tribunal de Jurado las sesiones de juicio oral de la causa instruida en el Juzgado de Reinosa contra Manuel Conde Ruiz, alias «Zurdo», vecino de Pujayo, sobre la muerte violenta del pastor Valentín González, vecino de Lanchares.
El señor fiscal, que provisionalmente había calificado el hecho constitutivo de un delito de homicidio, y de autor al procesado, sin circunstancias modificativas de responsabilidad, contra quien pedía 14 años, 8 meses y un día de reclusión temporal, y que indemnizase en 2.000 pesetas a la viuda del interfecto, modificó, en vista del resultado obtenido de la prueba, sus conclusiones provisionales, sentando en las definitivas que presentó durante el juicio, que no habiendo resultado suficiente prueba para formar el debido convencimiento de la culpabilidad del procesado, por lo que pidió la absolución libre, según tenía interesada la defensa.
La sección de derecho, dictó auto de sobreseimiento libre por falta de acusación, mandando que se pusiera inmediatamente en libertad al sumariado.
No habiendo comparecido el testigo Manuel García, ni alegado causa legítima que le impidiera hacerlo, se le impuso la multa de 10 pesetas.

«El Atlántico»Nº 49 del 18 de febrero de 1892

Después de este juicio, el asunto quedó olvidado, pero 15 años más tarde, concretamente el 26 de noviembre del año 1906 la noticia saltó de nuevo a la actualidad en la prensa, al tenerse noticia de que la Guardia Civil del puesto de Reinosa, había procedido a la detención de dos personas relacionadas con el caso.

La Guardia Civil del puesto de Reinosa ha detenido a los individuos Facundo Peña, de 42 años de edad, casado, labrador, vecino de Orzales, y Feliz Gutiérrez, vecino de Salces, de 40 años, casado, manchonero de oficio, sobre quienes recaen vehementes sospechas de ser los autores de la muerte de un pastor en el pueblo de Orzales, cuyo hecho ocurrió en las últimas horas de la noche del día 25 de julio de 1891.
Por este hecho fue procesado otro pastor y absuelto en juicio oral.

«El Cantábrico» Nº 4201 del 26 de noviembre de 1906.

El día 29, «El Cantábrico» ampliaba la noticia.

Hace varios días dimos cuenta de una grave noticia, verdaderamente sensacional para el Partido Judicial de Reinosa: el crimen de Orzales, aquel misterioso asesinato que se perpetró en la noche del día de Santiago de 1891, ¡hace ya quince años!, y por el cual estuvo preso un inocente cuya inocencia se probó, pero cuyo espanto por la acusación fue tan grande que le costó la vida, ha sido ahora descubierto con todos sus detalles y han sido encarcelados los criminales, los verdaderos autores del delito, que convictos y confesos han quedado por fin entre las mallas de la Justicia. 
Los autores del crimen, y esto es lo sensacional, son conocidísimas personas de desahogada posición social y de quienes nadie podía ya sospechar. La casualidad y la astucia de la guardia civil de Reinosa, que ha prestado un servicio de extraordinario mérito, han sido los factores por los que han podido aclararse las tenebrosas sombras que envolvían aquel trágico suceso y descubrir los nombres de los que privaron de la vida al pobre pastor Valentín González, cuyo cadáver apareció en el camino de Orzales con el cráneo roto, y que fueron causa también de la prisión y la muerte angustiosa del otro infeliz compañero del muerto, Manuel Conde, acusado injustamente de autor del horrendo delito.

«El Cantábrico» Nº 4204 del 29 de noviembre de 1906.

Al día siguiente, 30 de noviembre, «El Cantábrico» publicaba una crónica en la que se relataban los hechos, según fuentes oficiales.

EL CRIMEN DE ORZALES
El Hecho
Ayer se recibieron ya noticias oficiales que confirman y amplían las que hemos publicado en números anteriores, y que son estos días el asombro y objeto de comentario vivísimo en todo el partido de Reinosa, sobre el famoso crimen de Orzales.
El hecho fue, como anticipamos, que en el día de Santiago de 1891, al regresar hacia Orzales, desde Reinosa, dos pobres pastores de Servillas y Pujayo, respectivamente, llamados Valentín González y Manuel Conde, se detuvieron en una venta titulada La Majuela, a cuatro kilómetros de Reinosa y uno de Orzales, en la cual cenaron, permaneciendo allí hasta la una de la madrugada en alegre jarana, hora en que el dueño les dijo que tenía quo cerrar. Salieron, cogiendo unos palos que llevaban, de los que colgaban unos campanos que habían comprado en Reinosa, y al día siguiente fue hallado el Valentín eu la cuneta de la carretera, entre las casas de Facundo Peña y José Rubio, con el cráneo destrozado de un espantoso garrotazo.
El otro pastor, Manuel Conde, apareció en Pujayo (Bárcena e Pie de Concha) a donde había llegado jadeante y ensangrentado, y como no se sabía nada de lo ocurrido, sospechose de que él fuera el autor del crimen, se le encarceló, y fue a la Audiencia como un criminal, siendo absuelto por falta de prueba, Sin embargo, el espanto que le causó la sensación fue tan grande que falleció el infeliz al muy poco tiempo.
El crimen, pues, quedó impune y en el más impenetrable misterio, pues los dos únicos que podían dar noticia del suceso habían muerto.
Una pista
Casualmente, providencialmente, pues la casualidad y la Providencia son, en distintos aspectos y creencias, una cosa misma, se inició de allí a mucho tiempo una sospecha que engendró una pista.
La familia del muerto Valentín colocó frente a la casa donde el cadáver fue hallado, que era la de Fernando Peña, una cruz que recordara la triste muerte del pastor y la cruz apareció repetidas veces arrancada, siempre de noche. Por fin, una, desapareció y no se supo quién pudo llevarla. ¿Quién podía tener interés en que el piadoso símbolo, recordatorio del crimen, desapareciera del lugar donde se hallaba? ¿No cabía sospechar que fuera algún vecino inmediato el que se sentía molestado por aquel recuerdo y el que le había hecho desaparecer tan misteriosamente como se realizó el crimen?
La guardia civil lo entendió así, con fino y sagaz sentido, en el que nos parece adivinar el del diligente cuanto meritísimo cabo Castillo, que tantos y tan relevantes servicios ha sabido prestar en todas partes, y pronto, realizando gestiones, descubriendo palabras vagas, comprobando sospechas, reuniendo detalles, pudo tener datos para seguir una pista segura, ¡al cabo de quince años de cometido el crimen y envuelto entre las sombras del misterio!
Se aclaró que la noche del suceso, Facundo Peña, matón y pendenciero, capitaneando á Félix Gutiérrez, Ildefonso Alvarez, Braulio Alvarez, Santiago López, Antonio Gutiérrez y Joaquín Lantarón, habían estado esperando a otro grupo do Arroyo, capitaneado por un tal Peti Cayón, otro guapo que se disputaba el matonismo con Facundo.
Después de aclarado esto y de saberse a ciencia cierta que habían andado hasta muy tarde por el pueblo, lo demás vino por sus pasos contados. El Juez de Reinosa y el teniente de la guardia civil con su fuerza trabajando sin descanso, pasando días enteros en el pueblo de Orzales y los inmediatos lo han puesto todo en claro también.
Los autores del crimen
Convictos y confesos, como autores de la bárbara muerte del pobre pastor, han ingresado en la cárcel Facundo Peña y Félix Gutiérrez, y como coautores o cómplices han sido encarcelados también Ildefonso, Braulio Álvarez y Santiago López, todos de Orzales. Los dos primeros de desahogadísima posición social, dueños de importantes bienes y sumamente conocidos en todo el partido, y los otros también personas de bienestar y de relativa importancia.
Todos ellos parece querían depositar fianza para quedar en libertad provisional, pero, hasta ahora, no se sabe que se les haya admitido.
Por ello, por la condición de los detenidos, por lo antiguo y misterioso del crimen y por lo notable de su descubrimiento al cabo de tantos años, ha causado, como queda dicho, extraordinaria sensación todo esto, que es en Reinosa y sus cercanías el único tema de las conversaciones.
La guardia civil y el Juzgado merecen indiscutiblemente un caluroso elogio por tan brillante servicio y lo enviamos cumplido a unos y otros, celebrando que, aunque tarde, la Justicia descargue el peso de la ley sobre los autores del crimen, amparados en el misterio y la mentida honorabilidad de sus fortunas.


Lo que sigue, es la crónica que «El Cantábrico» realizó durante los dos días que duró el juicio que comenzó el día 10 de octubre del año 1907 en la Audiencia de Santander, que terminó con la (a mi juicio), incomprensible absolución de los acusados.

Crónica de la primera sesión del juicio, correspondiente al día 10 de octubre de 1907, publicada el 11 del mismo mes en «El Cantábrico»

EN LA AUDIENCIA

EL CRIMEN DE ORZALES CAUSA POR ASESINATO

Dos penas de muerte

Primera sesión
Ayer mañana, como habíase anunciado, dio comienzo en esta Audiencia provincial, la vista en juicio oral de la causa seguida por el Juzgado de instrucción de Reinosa, contra Félix Gutiérrez Rábago, Facundo de la Peña Macho, Braulio Álvarez Peña, Ildefonso Álvarez Rábago y Santiago López y López, por muerte violenta del pastor Valentín González (a) el Zurdo, en el pueblo de Orzales y en la noche del 25 de julio de 1891. 

El Tribunal de derecho. 
Formaban el Tribunal de Derecho el Presidente de la Audiencia, don Celso Torre y los magistrados señores Bustamante y Fernández Campa.  La acusación pública la mantenía el Fiscal don Mateo Santiago Portero.  Las defensas estaban á cargo de los letrados señores García Morante, en representación de Félix Gutiérrez Rábago y Santiago López y López, y el señor Ruano, en representación  de Facundo Peña, Braulio é Ildefonso Álvarez. 

EI Tribunal de Hecho. 
Constituido el Tribunal de Derecho, se procede al sorteo de los señores Jurados del distrito de Reinosa, y el Tribunal de Hecho, queda constituido.  Prestan juramento, y el señor Presidente da la voz de Audiencia pública y el salón se llena de gente que de Reinosa y pueblos inmediatos había venido a presenciar los debates de esta interesantísima causa. 

Conclusiones. 
El secretario, señor Páez Celleruelo, lee las conclusiones y calificaciones provisionales de la acusación y las defensas. 

Declaración de los procesados. 
El señor Fiscal solicita que declaren los últimos Félix Gutiérrez y Facundo Peña.  Accede la Presidencia y comienzan las declaraciones de los procesados. 
Braulio Álvarez.  El señor Fiscal le invita a que manifieste lo que hizo y con qué personas estuvo la noche del 25 de julio de 1891.  Dice que estuvo con Ildefonso Álvarez, Santiago López y Joaquín Rábago dando vueltas por el pueblo, y después se dirigieron a la venta del Sastre, encontrando a Facundo Peña y a Félix Gutiérrez frente a la casa del primero, permaneciendo con ellos fumando y hablando de la feria de Reinosa, a la que aquellos habían concurrido.  Estaban conversando, cuando sintieron a lo lejos el ruido de unos campanos, no haciendo aprecio, pero al sentirlos luego más cerca, Facundo dijo: «parece que vienen insultando,  vamos a echarlos el alto».  Apareció un pastor, a quien no conocía, y que luego supo era Manuel Conde, y adelantándose Facundo, comenzaron a jugar los palos, huyendo el pastor. Facundo le siguió solo; los demás se dirigieron a la taberna a por tabaco, encargando a Félix, que se quedó solo, dijera a Facundo cuando volviera dónde estaban.  A los pocos momentos se presentó otro pastor de Lanchares, se acercó a Félix y éste le dio un palo, haciéndole caer. Al verle en el suelo se le echó agua a la cara por si tenía algo de vida, pero se comprobó que estaba muerto y le dejaron.  El señor Fiscal le hace observar que ha incurrido en algunas contradicciones con la declaración prestada ante el Juez, que se lee por el señor Secretario.  En ella decía que Facundo y el Manuel Conde no estuvieron jugando con los palos sin pegarse, sino que en cuanto se presentó el primer pastor, Facundo descargó sobre él un estacazo y que tras el herido corrieron todos los allí reunidos, excepto el declarante.  Afirma en su declaración ante el Juez que entonces decía la verdad.  El procesado añade que no se dio cuenta de lo que entonces dijo, y que la verdad es lo que declara ahora; que el Juez le impuso mucho miedo y no supo lo que decía. 
Fiscal. —¿Y aquí que hay un tribunal respetable, que hay mucha más gente que en  el Juzgado, no se acobarda usted? 
Procesado.—También; pero en el tiempo que he estado en la cárcel hice más memoria. 
Fiscal.—¿Es decir que usted, cuanto más tiempo pasa más se acuerda de las cosas? 
Procesado. —Sí, señor. 
Dice que Félix y Facundo tenían unas ahijadas, que con el ganado llevaron a la feria, con las que golpearon a los pastores. 
Fiscal.—¿Cree usted que si le dieran un golpe con una ahijada, peligraría su vida? 
Procesado.—Sí señor. 
No oyó que Felipe y Facundo hubieran tenido en Reinosa, ni en la venta de la Majuela,  ni en la del Sastre, cuestión alguna con los pastores.  El señor Fiscal le dice que ha declarado lo contrario y el procesado afirma que puede que lo dijera, pero que no se dio cuenta.  Agrega que después de convencidos de que habían muerto al pastor Valentín González, todos se retiraron a sus casas sin convenir en no decir nada, y que la proposición de Facundo de dar el alto a los pastores, no la aceptó ninguno, saliendo aquél solo al encuentro del pastor.  Al señor Ruano dice que en todo el día 25 vio a los pastores ni los conocía, que él y los demás, después del encuentro de Facundo con el pastor Conde, se dirigieron a la taberna, no presenciando la cuestión que tuvieron Félix y el otro pastor.  Que Conde a los dos días de haber sido herido estaba ya trabajando.  A los dos minutos regresó Facundo de perseguir a Conde, encontrándose entonces todos con que Félix había matado de un palo a Valentín. El más sorprendido fue Facundo.  Al señor García Morante dijo que oyó decir a Félix que agredió al pastor González al verlo hacer ademán como de sacar un arma de la faja y que asustado le pegó, porque sabía que aquel pastor tenía fama de valiente.  El mismo Félix trajo luego en su boina agua y se lo echó al pastor para ver si lo podía hacer revivir.  Fiscal. —¿Tomaron ustedes el acuerdo de callar, después de realizado el hecho?
Procesado. —No, señor. 
Fiscal. —Cuando usted supo que se seguía causa contra un inocente por ese delito, ¿por qué no dijo usted nada? 
Procesado. —Nadie me lo preguntó. 
Fiscal. —El agua que llevaron ¿fue para ver si estaba o no muerto el pastor o para lavarle la sangre de la cara? 
Procesado. —Para ver si estaba muerto. 
Señor Ruano. —¿Es cierto que usted esperaba a ver si era condenado el pastor Conde para declarar que el autor de la muerte era Félix? 
El señor fiscal dice a la presidencia que el procesado ya contestó que nada había dicho porque no se le preguntó, y añade que la pregunta hecha de aquella forma envuelve la contestación.  El señor presidente lo entiende así también, y advierte a las partes que es preciso que ninguna pregunta envuelva la contestación. 
Ildefonso Álvarez Rábago. 
Relata los hechos en la misma forma que el anterior, incurriendo en las mismas contradicciones con respecto a su declaración prestada ante el Juzgado de Reinosa.  Como Braulio, no se explica lo que dijo al juez.  Santiago López. 
Hace la misma relación de lo ocurrido en la noche del 25 de julio de 1891 e incurre también en idénticas contradicciones que sus compañeros, asegurando que a pesar de haberlo dicho ante el Juez de Reinosa, que decía la verdad, la declaración que ahora prestaba era la verdadera.  Aparte de las mismas manifestaciones hechas por el Braulio, dice que Facundo Peña dio el golpe con la ahijada al pastor Conde, volviendo la mano.  Añade que con Facundo corrió tras el pastor otro de la partida. 
El señor García Morante.—¿Ha estimado usted los efectos que producen los golpes de palo en el organismo humano? 
Presidente. —El procesado no es un perito que pueda contestar a esa pregunta. 
Fiscal. —¿Conoce el procesado los distintos efectos que causan las armas de fuego? 
Procesado. —No. 
Fiscal. —Un balazo en el corazón, ¿mata? 
Procesado. —Sí, señor. 
Félix Gutiérrez. 
En su contestación al señor Fiscal confirma que estuvo con Facundo Peña en la feria de Reinosa y que al regresar, llevando en la mano la ahijada, entraron en las ventas de la Majueta y del Sastre y que en ninguna de las dos encontraron a los pastores Manuel Conde y Valentín González.  Dice que por la noche acompañó a su casa a Facundo y se detuvieron en la carretera, donde les encontraron los otros tres procesados; que estuvieron hablando unos minutos, oyendo luego el ruido de unos campanos que hicieron creer al Facundo que se trataba de una burla, proponiendo dar el alto a los pastores, haciéndolo así con el primero quo se presentó.  Los dos enarbolaron los palos y el pastor huyó, corriendo tras él Facundo, y tras éste  Joaquín Lantarón.  Añade que al dirigirse luego Santiago, Ildefonso, Braulio y él a la taberna se le acercó un hombre y como le viera hacer un movimiento de sacar una herramienta de la faja, volvió el palo y le dio un golpe, haciéndole caer al suelo, viendo después que estaba muerto. Facundo llegó inmediatamente y se sorprendió y afectó mucho al saber lo ocurrido.  Para enterarse de que estaba muerto movió el cadáver, y él mismo, el Félix, fue  a llenar su boina de agua para rociarle la cara y ver si tenía vida.  Afirma que el golpe lo dio por miedo al pastor, y que no hubo acuerdo entre ellos para ocultar la muerte.  Sostiene que no envió recado alguno a Facundo, cuando 15 años después se descubrió el crimen y le llamaron a declarar al cuartel de la guardia civil, diciéndole lo que había declarado, y que estuviera provenido.  Incurre en contradicciones, que demuestra el Fiscal, pidiendo la lectura de sus anteriores declaraciones. 
Al señor García Morante le dice que confesó haber sido él el autor de la muerte de Valentín González, por las alucinaciones que tuvo en la celda de la cárcel cuando lo detuvieron.  Invitado a que explique qué clase de alucinaciones fueron, dice que estando en el calabozo se le apareció el diablo en figura de perro, echando fuego por los ojos; que vio serpientes y lagartos muy grandes y una mano blanca que salía de la pared y le llamaba.  Añade que padecía también de sonambulismo. Dice que su oficio es manchonero, empleado en la fábrica de cristal de Mataporquera; que trabaja a una temperatura de 1.500 a 1.600 grados, y que bebía grandes cantidades de ajenjo. Que su abuelo paterno murió loco y demente, también un hermano, y que su madre se embriagaba con mucha frecuencia. Que por miedoso y asustadizo le pusieron el apodo de “La Milana”. Que tiene una falta de memoria absoluta. A Preguntas del señor Presidente, dice que ganaba unas 600 pesetas mensuales en su oficio, y se gastaba diariamente cuatro pesetas en un litro de ajenjo. El señor Fiscal le ruega que refiera algún acto extravagante que realizara por efecto de las alucinaciones o del sonambulismo y no contesta. 
Fiscal. —¿Observó usted algo en sus amigos que le hiciera creer que, efectivamente,  padecía usted de esas extravagancias? 
Procesado. —Que se reían de lo que yo decía. 
Fiscal. —Les haría usted gracia. 
A nuevas preguntas del señor García Morante dice que estuvo en la escuela, de niño, tres años, y no aprendió más que la doctrina y a leer en letras de molde.  Añade que tenía noticia de que Valentín González era un valiente, que una vez hizo huir de una taberna a cinco o seis hombres. 
Facundo de la Peña. 
En su primera parte de la declaración dice lo mismo que Félix Gutiérrez.  Niega que riñera en la taberna del Sastre con dos individuos conocidos por Peti y Fernandón.  Afirma que le provocó el pastor Manuel Conde y que huyó tras él después de golpearle, siguiéndole otro de la partida.  Cuando regresó se encontró tendido en la carretera a Valentín González y le dijo Félix  que le había matado do un palo, se acercó a él por si tenía vida, pero vio que estaba muerto.  Niega que se convinieran todos para callar, y añade que cuando fue detenido Conde como autor de la muerte, dijo a una respetable persona que se acercara al tribunal para manifestarle que aquel pastor era inocente y no debía estar en la cárcel, rogándole  guardara reserva, para no tener que descubrir a su primo.  Confirma que después de los hechos entró en su casa por la ventana, ayudado por Félix.  Al siguiente día fue llamado por el alcalde de barrio para que cuidara del cadáver, pero se hizo el enfermo y se retiró otra vez a su casa.  Niega que Félix le propusiera, al verse descubiertos, que echaran la culpa a Peti, que había muerto, comprando a la familia.  Incurre también en algunas contradicciones.  Al señor Ruano dice que Félix le culpó a él primero de ser el autor de la muerte del pastor González. 
Terminada la declaración de este procesado, se suspende la sesión hasta las cuatro do la tarde. 
Prueba testifical.
Reanudada la sesión a las cuatro y media de la tarde, comienzan a desfilar los testigos propuestos por la acusación pública.  Comparece el teniente de la Guardia civil, jefe de la línea de Reinosa, y dice que en septiembre u octubre, con motivo de una cencerrada que se dio en el pueblo de OrzaIes,  fueron detenidos, e ingresaron en la cárcel tres individuos.  Días después se le presentó un señor de Orzales, pariente de uno de los detenidos, y lamentándose de que siempre pagaran las culpas del Facundo Peña, promovedor también de la cencerrada, inocentes. Le habló del crimen que quince años antes se había realizado frente a la casa del Facundo y le dijo que éste y Félix Gutiérrez eran los autores.  Bajo esta base comenzó a hacer averiguaciones, y por confidencias que luego recibió, comprobó que, efectivamente, aquéllos eran los autores del crimen y los detuvo, poniéndolos a disposición del Juzgado, que luego ordenó la detención de los otros tres procesados.  Luego, a preguntas del señor Fiscal, dice que Facundo y los otros formaban una partida, contra la que capitaneaba el Peti, suponiéndose en los primeros momentos, que era éste el muerto.  El señor teniente se niega a manifestar, a petición del señor Ruano, quién le hizo las confidencias, mientras no se lo ordene su superior, no reconociendo como superior suyo al Tribunal.  El señor Ruano insiste en que por la presidencia se obligue al testigo a hacer aquella manifestación.  El señor Presidente cree que el caballero teniente cumple con su deber no revelando los nombres de los confidentes.  Continúa declarando el testigo, tratando el señor Ruano de encontrar inexactitudes en las confidencias que aquél recibiera. 
Ramón León, guardia civil.
Dice que al entrar un día a por tabaco en la Venta del Sastre, de Celestino Rubio, le dijo éste que los autores de la muerte del pastor eran Facundo Peña y Félix Gutiérrez. 
Bernardo Brioso, guardia civil.
Iba de pareja con aquél y oyó decir lo mismo a Celestino Rubio.  Celestino Rubio, dueño de la venta del Sastre.
Niega, por una mala interpretación de la pregunta que le dirige el señor Fiscal, que él dijera a los guardias civiles que los autores del crimen fueran Facundo y Félix.  El señor Fiscal solicita un careo y pasa el guardia Ramón, quien sostiene su declaración, con la que se muestra conforme el testigo, diciendo que entendió mal la pregunta.  Se retira el guardia.  Añade el testigo que su padre se encuentra enfermo hace algunos años, y que no le oyó decir nada con relación a los hechos.  Cuando ocurrieron se encontraba él en Buenos Aires. 
José Rubio, padre del anterior.
No comparece por estar enfermo.  A petición del señor Fiscal, se lee su declaración. En ella dice que Peti y Fernandón disputaron en la taberna, y que los echaron.  Por la noche, su esposa le dijo que los que estuvieron disputando se habían escondido en la hornera de la casa de Facundo.  Al día siguiente apareció el cadáver del pastor. 
Domingo González, alcalde de barrio de Orzales, en 1891. 
Oyó que Facundo y Félix riñeron por la venta de una casa, culpándose con aquel motivo uno a otro de la muerte del pastor.  Que cuando se le avisó por el Peti de que había un cadáver frente  la Venta del Sastre, acudió y le dijo una hija suya, entonces una niña, que le habían matado entre Félix y Facundo, pero no la hizo caso.  Dice al señor García Morante que en la familia del Félix hubo algunos locos y que éste, por el trabajo de la fábrica se dedicaba al alcohol con frecuencia. 
Julián Conde, hijo de Manuel Conde.
Dice que su padre se presentó en casa al siguiente día del crimen herido y dijo que Facundo Peña le había dado un estacazo, sin dejarle tiempo para defenderse.  Que se culpó a su padre de la muerte del pastor Valentín González, a quien conocía, saliendo de la cárcel a los siete meses, enfermo, falleciendo al año a consecuencia de aquello. 
Angela González, esposa del Manuel Conde.
Dice lo mismo que su hijo. Que cuando estuvo en la cárcel le visitaba todas las semanas, no enterándose de que le hubieran  curado la herida.  Faustino Conde, hijo también de Manuel Conde.
Confirma lo dicho por los anteriores testigos. 
Hilario González.
Dice que Félix Gutiérrez se presentó en su casa y le dijo si se atrevía a ir a Orzales y le preguntara a Ildefonso Álvarez lo que había declarado ante la guardia civil. Fue a Orzales, y como no sabía donde vivía el Álvarez se presentó en casa de Facundo Peña, pero éste se negó a acompañarle. Niega que recibiera encargo alguno de Félix para Facundo.  Confirma que por miedoso se puso  Félix el apodo de Milana.
Leocadio García Pérez, dueño de la Venta la Majueta.
Dice que la noche de autos estuvieron allí Facundo, Félix y los dos pastores, cenando estos en la casa.
Santos Ceballos.
Estaba en la Venta del Sastre. Vio a Peti y Facundo discutir y oyó a este último cuando ya estaban todos en la carretera, después de haber hecho una raya: “el que pase de aquí lo mato”.  Por la noche mataron al pastor, y oyó decir que había sido Félix. 
Constantino González, hermano del pastor Valentín.
Dice que Galo Fernández le dijo un día que por menos de cinco duros le decía quién era el autor de la muerte de su hermano.  Añade que nombró abogado que le representara en la causa para sostener la acusación privada; pero que anteayer acordó retirarla, porque después de tantos años ya le daba lástima de los procesados.  No ha recibido, dice, indemnización alguna. 
Macario López.
Vio a Facundo en la taberna del Sastre y le oyó decir al Peti: «si tú eres el cheche de Valdearroyo, no lo eres de este barrio». Con este motivo tuvieron unas palabras, que cortó el Félix pagando unos vasos de vino.  AI volver más tarde el testigo a pasar por allí con el Peti, vieron un bulto tendido en la carretera, al mismo tiempo que pasaba un carro y avisaron al carretero. Este se apeó, y al ver un hombre, creyendo que estaba borracho le llamaron, enterándose luego que era cadáver. Peti fue enseguida a avisar a la justicia.  No observó que hubieran echado agua en la cara del muerto.  No conocía a los pastores. 
Francisco Conde, hermano de Manuel.
Oyó decir a este que al pasar la noche del 25 de julio por frente a la Venta del Sastre, Facundo, con otros individuos, lo había agredido, dándolo un palo en la cabeza. 
Pedro Álvarez, alcalde de barrio de Orzales.
Le avisó el Peti y acudió donde estaba el muerto. Presentaba una herida en el lado derecho de la cabeza.  Llamó a Facundo para que cuidara del cadáver con otros individuos y marchó a dar cuenta al Juez de lo ocurrido. Cuando volvió le dijeron que Facundo se había marchado enfermo.  Dice de Facundo que era algo camorrista, que le gustaba el vino y el juego.  Félix observó siempre buena conducta. Ha oído que en la familia de éste hubo algunos  extraviados.  El testigo fue sólo durante tres meses alcalde de barrio. 
Se suspende la sesión por diez minutos. 
Prueba pericial. 
Reanudada la sesión comparecen los peritos médicos señores Alonso y Ruano, forenses, propuestos por la acusación pública y el señor Saro, médico del Hospital y el doctor Álvarez Gómez Salazar, del Manicomio de Valladolid, propuestos por la defensa de Félix Gutiérrez. A preguntas del Fiscal, el señor Ruano, de conformidad con sus compañeros, dice que para producir al Valentín González la herida con fractura del temporal, el golpe debió ser dado del revés, si estaban frente a frente agredido y agresor o por detrás en caso contrario.  No creen probable que un golpe dado con una ahijada pudiera producir aquella lesión.  El señor García Morante, invita al señor Álvarez Gómez Salazar, que había hecho un estudio acerca del estado de las facultades mentales del procesado Félix Gutiérrez, y dicho señor lee un minucioso informe acerca del caso.  Detalla en él los antecedentes hereditarios del procesado, diciendo que su abuelo paterno fue loco; que su padre era autoritario; que su madre era fuertemente alcohólica; un hermano murió loco; otro hermano murió tísico, y por último, un hijo del procesado tiene un carácter rarísimo, sosteniendo frecuentes altercados con su padre.  Del procesado dice que es un alcohólico que padece de gran debilidad mental, de insomnios y sonambulismo.  Después de hacer sobre esto una larga exposición histórica, dice que de ello se desprende las siguientes e importantes reflexiones: Primeramente, la herencia mental del procesado es muy cargada: su abuelo murió a los cincuenta y tantos años, loco; esta es la única referencia, que tenemos de tal sujeto, sin que podamos precisar la forma de locura. Ya son mejor determinados los datos referentes al hermano del procesado: casado, cuando fue al servicio, se anormalizó luego su mentalidad, y murió en este estado. Deducimos, de la edad en que se presentó esta afección, que se trató probablemente de una demencia precoz. Por otra parte, el padre del procesado, autoritario; la madre, fuertemente alcohólica; otro hermano del mismo, muerto de tuberculosis pulmonar; una hermana, Emilia (la que nos ha suministrado bastantes datos del procesado), colérica, o sea de genio muy fuerte, de malísima memoria y otros síntomas de astenia nerviosa.  Por otra parte, un hijo del procesado, representando el último eslabón que cierra un círculo tan tarado, en el que se encierra el protagonista del crimen, tiene sobre sí un conjunto de circunstancias que le hacen bastante sospechoso: sostiene, sin razón, fuertes altercados con su padre; dentro de su casa sus manifestaciones son tan especiales que su madrastra le conceptúa como algo original y hasta el elemento joven de su pueblo parece le niega en general su amistad.  Si a estos datos se añaden los muy personales, en el procesado, de alcoholismo inveterado, el hallarse sometido durante muchos años (desde los 9 años) al excesivo calor que le prestaba su oficio y la fatiga tan grande que éste representaba, vemos confirmado nuestro juicio diagnóstico relativo a una indubitable psicastenia. Es esta enfermedad un estado de depresión de la tensión psicológica que hace que los fenómenos superiores de adaptación al presente, percepción de lo real y sentimiento y emoción adaptadas al presente, atención, etc., no se realicen precisamente por ese defecto de tensión, y entonces, como la energía desprendida por actividad psíquica tiene que gastarse, se deriva en otras funciones más simples y sencillas, que son las agitaciones motrices, las fobias o emociones y las rumias mentales.  El procesado Félix Rábago, con alguna disestesia, la lectura o representaciones imaginarias subconscientes en la bola de cristal, la anestesia osea al diapasón, emotividad exagerada ante la presencia de alguien, deficiente memoria, resultados insuficientes de una estancia de tres años en la escuela, su poca inteligencia que denota la no comprensión de un pequeño párrafo que le hicimos leer a nuestra presencia, es indudablemente un atrasado y además un psicasténico. Por este último carácter es un abúlico, y la tendencia innata al reflejo simple es, en él, posible.  Por el pseudónimo con que se lo conoce en el pueblo y por los actos de cobardía que hemos relatado, se trata de un hombre tímido. Ante este calificativo, definamos la timidez tal cual lo hace Dugas. La Timidez, dice éste, cambia los movimientos ordenados, pero respeta  los instintos. Aquí podemos nosotros incluir, en los instintos, los movimientos de defensa ante el pastor, que en actitud hostil, se le acercaba.  Los tímidos son extremadamente emotivos, en ciertas circunstancias, y el carácter de estos enfermos es de ser ciegos e irresistibles en la acción, en igual forma que lo es el vértigo de las alturas.  En el procesado notamos, por los relatos que nos hacen, con respecto a aquello que le pasa, ante la presencia de otra persona, que padece los efectos de una emotividad exagerada; así ante la vista de una persona desconocida, el procesado, experimenta la  sensación de que le sube la sangre a la cabeza, se le abomba ésta y ya no se da cuenta  de lo que le pasa, confesando al propio tiempo que este fenómeno es de poca duración.  Estos hechos o fenómenos que se determinan en el procesado, son Indicio evidente de que las percepciones siguen en este la vía perceptivo-emocional, en vez de la perceptivo-ideativa. Esto implica una de dos cosas: o no hay en el procesado la presciencia  que debía haber, por falta de intelectualidad, como ocurre en los salvajes, o hay una permeabilidad excesiva en la vía perceptivo-emocional o perceptivo-afectiva, como ocurre en los psicasténicos.  El procesado es, además, un aproxésico; relatos que hemos oído, nos informan de que su atención es poco duradera, por esto sufre, este sujeto, notables distracciones y esto es corroborado por el poco o nulo provecho que sacó de la lectura del párrafo que le ordenamos leer y por los otros síntomas en él observados.  Es además, un alucinado, con interpretaciones alucinatorias; así lo atestiguan las apariciones del diablo en forma de perro, y la mano blanca, símbolo de perdón; y como  esto constituye, al fin y al cabo, un estado particular que se denomina en psicología patológica «escrúpulos», ya vemos aquí confirmada la íntima relación que guardan en las familias el  autoritarismo y el escrúpulo. Jamás se verá confirmado mejor que en este caso, la ley de la abulia. Su padre autoritario, es decir, incapaz de adaptarse al presente; el procesado, escrupuloso y tímido, abúlico, en una palabra, con igual fondo que el anterior, pero en forma de manifestación distinta.  La misma tentativa de suicidio, que aparenta simulación, si se le mira sin conocimiento psicológico, es una secuela obligada del juicio del diagnóstico que hemos hecho del procesado; es la natural expresión de los psicasténicos suicidas u homicidas, que abúlicos, como lo son, no disponen de esa energía psíquica necesaria para la consumación de un hecho quo pugna con los más triviales deseos de conservación de la vida.  La confesión del crimen es para nosotros un fenómeno patológico de igual índole que la tentativa de suicidio: ambos son la consecuencia, en último análisis, de la abulia.  Los dos hechos son absurdos ante la lógica. El primero, porque no lo aconsejan ni la conciencia psicológica, ni la moral, ni la vida social, ni el instinto. El segundo, porque la forma de llevarlo á efecto es infantil y sus resultados nulos.  Estamos, pues, frente a un enfermo de cierta índole.  Preso en un círculo fuertemente apretado de tara mental, Félix Gutiérrez no podía evadirse de un contagio: así nos lo demuestra el fruto de su educación, su carácter taciturno, su timidez, su falta de memoria, de atención, de voluntad, su excesiva emotividad, la cortedad de su inteligencia, su desagregación sonambúlica, sus ensueños de alcoholismo, su tendencia a la bebida y la aptitud a leer en la bola de cristal las imágenes presentes en su subconsciencia.  Ante este caso y para concretar, resumiremos el estudio que tenemos hecho del procesado, en las conclusiones siguientes: 
1.ª Félix Rábago es un sujeto fuertemente manchado por una tara mental hereditaria,  enérgica y directa. 
2.ª Por su actividad psíquica desplegada en los primeros albores de su vida, le consideramos como un débil mental. 
3.ª Los síntomas que hemos recogido, directamente unos, y por tanto irrefutables, y otros expuestos por el mismo sujeto y otros individuos de la familia y fuera de ella, y por tanto sometidos a prueba, nos hacen colocar á Félix Gutiérrez Rábago en el amplio grupo de los psicasténicos.  4.ª Al remontarse estos síntomas, como manifestaciones de psicastenia, a años muy anteriores a aquel en que se realizó el crimen, modo de efectuar éste, hechos sucesivos  que le amplían, declaración espontánea del mismo y motivos alucinatorios que lo determinan, nos hace juzgar el hecho criminoso como realizado, posiblemente, por un sujeto que, dominado por la acción de la vía perceptivo-emocional, se hace irresponsable y seguramente como un semiloco.  Acerca de estos extremos informa luego extensamente y termina contestando a algunas atinadas preguntas de la Presidencia y el señor Fiscal.  La prueba pericial duró cerca de una hora.  Con las conclusiones del señor Álvarez Gómez Salazar estuvieron conformes los demás  peritos. 
Don Casto de la Mora, dueño de la fábrica de cristal de Mataporquera.
Dice que la temperatura a que trabajan en su fábrica los manchoneros es de 1.500 a 1.600 grados. El trabajo del obrero dura sólo seis horas. Esta clase de trabajo agota al obrero física y moralmente y de ahí que se pagase caro, llegando a ganar un obrero hasta 2.000 pesetas  mensuales. Félix Gutiérrez ganaba de 700 a 800 pesetas mensuales.  Confirma que los obreros que se dedican a estos trabajos beben grandes cantidades de ajenjo para poder sostener tan altas temperaturas.  No recuerda que Félix tuviera ningún ataque en su fábrica; sí observó en él que era muy falto de memoria.  Lo tenía en un buen concepto y era el mejor operario de la fábrica y el único español  que había.  Los demás, dice, son todos extranjeros.  Sólo sabe de un obrero que estuvo trabajando en Suiza, y que ahora está loco en Suiza.  Terminada la declaración de este testigo, el señor presidente suspende la sesión, para  continuar hoy a las diez y media de la mañana.

El Cantábrico : diario de la mañana: Año XIII Número 4506 – 1907 octubre 11

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