El comercio la industria y la administración en la Reinosa del año 1.881

En el año de 1.881, se publicaba un Anuario del comercio, de la industria, de la magistratura y de la administración. En el cual se anunciaban los comerciante e industriales de una parecida manera a como en la actualidad se hace en las llamadas «páginas amarillas».


REINOSA – Villa de 2.952 habitantes, situada a 72,1 kilómetros de Santander. Su feria se verifica del 22 al 24 de julio.
Cuenta con: Círculo y Sociedad de recreo, Administración de Correos, Estación de Telégrafos, y Estación de Ferrocarril de Madrid a Santander.
Alcalde: Ramón Obeso.
Teniente de Alcalde: Esteban del Río.
Juez de primera instancia: Joaquín Castro y Ares.
Promotor fiscal: Ignacio García Martín.
Secretario del Juzgado Municipal: Cipriano González.
Escribanos: Laureano Medina, Desiderio Torices, Matías Rodríguez y Cipriano Merino. Registrador de la propiedad: Carlos Bravo y Cueva.

PROFESIONES, COMERCIO e INDUSTRIA
Abogados: Felipe Alvarez Sáiz, Pedro Argüeso, Tomás Fernández González, Julián García Gutiérrez, Paulino León y Ramón Muñoz.
Aceites al por mayor: Pedro Peña y Campo.
Juegos de billar: Viuda de Corral e hijo, Julián Díaz de Rábago, Inocencio Mantilla.
Cafés: Viuda de Corral e Hijo, Julián Díaz de Rábago, Inocencio Mantilla y Julián Ruiz Macho.
Hornos de cal: Manuel González Ceballos y Antolín Obeso.
Carniceros: Santiago Celada, Pedro Gato, Segundo López Valle, Manuel Maestro, Castor Ruiz Valle y Segundo Valle.
Carpinteros: Antonio Fernández, Francisco Fernández, Miguel Gutiérrez, Antonio López, Gregorio Ruiz y Claudio Toca.
Constructores de carruajes: Antolín Obeso y Eusebio Oliber.
Cirujano: Severiano Mart Conde.
Confiteros: Ildefonso Díez, Ignacio Erraeti, José Gallarza, Anselmo Isla, Saturio Lanchares y Félix Novoa.
Fábrica de Curtidos: Ramón Ruiloba.
Farmaceúticos: Lesmes Alonso, Juan Díez y Luciano Mora.
Ferretería: Pedro Peña y Campo.
Fonda: Enrique García.
Granos: José González.
Guarnicionero: Jerónimo Tomé.
Harinas al por mayor: Lucio López, Viuda de Alejandro López, Inés Mora Macho y Manuel Obrero Gutiérrez.
Fábricas de Harinas: José Soto Cosío, Ignacio Errazti, José Macho y Quevedo, Ramón Obeso y Olmo, Señores Sáiz y Domingo Toca y Compañía.
Herradores: Lorenzo Blanco, Bernardo Díaz, Ramón Mantilla, Santiago Peña y José Bódalo.
Herreros: Policarpio Barrio, Mariano Díez, Matías García, Juan Osle, Pedro Ruiz, Antolín Salas y Lorenzo Salas Olea.
Hojalateros: Santos Bárcena y Eusebio Monleón.
Almacenes de madera: Antonio Fernández y Fernando García Ríos.
Médicos: Calixto Andrés Teruel, Ildefonso Conde, José Gutiérrez Obeso, Manuel de Hoyos, Agustino Macho, Severino Martínez Conde y Benito Ruíz.
Notarios: Cipriano Merino de la Mora, Matías Rodríguez y Desiderio de Torices.
Panaderos: Diego Fontecha, Fermín García, Nicanor García, Francisco González Ruíz, Viuda de Pedro López, Manuel Mas, Viuda de Nicolás Patio, Alejandro Pozo, Félix Rodríguez Regúlez y Pablo Sáiz.
Pasamanero: Bernardino Sánchez.
Peluquero: Pío Corada, Gorgonio Hidalgo y Estalisláo Rodríguez.
Pescaderías: Ramón Gómez y Manuel Mas.
Pintores: Manuel Corral, Alejandro Díaz y Evaristo Sanz Sagrero.
Posaderos: Julian Carral, Manuel Fernández Hoyos, Manuel Fernández Vallejo, Fermín García, José García del Barrio, Lorenzo González Hoyos, Manuel González Hoyos, Julián Mantilla, José Martínez y Gabriel Puente.
Procuradores: Casto Díaz Martínez, Cipriano González Larninba, Serapio Muñoz, Eustáquio Olabarria y Remigio Ruiz.
Quincallería: Severino Ruiz.
Relojero: Juan Gómez.
Ropero: Simón Cuesta.
Salchichería: Antonia Osorio.
Sastre: Cirilo Asenjo y Agustín López.
Tejidos: Julián Aguirre, Viuda de Santiago Arenal, Bernardo Escudero, Fabián Fernández, Joaquín Medianilla Entienes, Anselmo Martínez, Diego Revuelta, Francisco Revuelta, Ramón Revuelta, Bernardo Ruiz Escudero, Félix Ruíz Escudero, Fernando Ruiz Escudero, Francisco Ruíz Escudero, Gregorio Ruiz Zorrilla, Manuel Sañudo y Julián Zaya.
Tintorero: Manuel Isla
Ultramarinos: Andrés Gutiérrez y Antolín Obrero.
Veterinarios: José Ródalos, Lorenzo Blanco, Antonio Lara, Ramón Mantilla, Luis Mantilla y Remigio Mantilla.
Vidrio: Telesforo Fernández Castañeda.
Vinos al por mayor: Santos López.
Hornos de yeso: Viuda de Pablo Gutiérrez, Manuel Morante, Manuel Ruiz y Domingo Sáiz.
Zapateros: Francisco Cerezo, Juan Gutiérrez, Tomás Gutiérrez, Agustín Molleda, Pío Molleda, Ramón Pérez, Ramón Ruiloba, José Sáiz y Agapito Salvador.

La fuente de vino en la Plaza de Reinosa.

Sin menoscabo de las informaciones que apuntan a que la tradición de festejar en Reinosa al patrón San Sebastián, con un reparto popular de vino data del año de 1.774, y de que el origen de festejarlo de tal manera nació de un deseo de la Parroquia en agasajar al pueblo por su colaboración en la reforma efectuada en la Iglesia Parroquial en aquellos tiempos, existe documentación que podría abrir una vía a revisar el origen de tal festejo costumbrista.
Lo cierto es, que al menos, la idea de que manara vino de una fuente en la Plaza de España ya fue puesta en práctica por nuestros antepasados en el mismo lugar en que ahora se realiza el día 20 de enero. Así consta en un documento publicado en 1.790 que relata los festejos que en Reinosa se celebraron con motivo de la coronación de Carlos IV como rey de España en el año 1.788
Concretamente, y en dicho documento se hace referencia a dicha fuente de vino, en dos de sus párrafos:



Inauguración del Teatro Principal de Reinosa.

El 22 de septiembre del año 1.893, se inauguraba en Reinosa el Teatro Principal. Durante los días 24 y 25 de ese mismo mes, se sucedieron dos crónicas en el diario «El Atlántico» de los insignes campurrianos Don Ramón Sanchez Díaz y Don Demetrio Duque y Merino, que nos relatan dicho estreno, mezclado con otros acontecimientos de las fiestas mateas de aquellos tiempos.

Teatro Principal de Reinosa, sobre el año 1.950

Día 24 de septiembre de 1.893, crónica de D. Ramón Sánchez Díaz

La víspera. — La música viene. — Empieza lloviendo. — Inauguración del teatro. — La luz eléctrica. — La compañía cómico…. lírica. — Mala feria. — Sigue lloviendo. — La buhardilla, por Dios.


Continuaba cayendo una lluvia menuda y fría que enlodaba las calles y entristecía la población… Lentamente, empezó a declinar la tarde melancólica y desapacible, el tren cruzaba los campos, atronando la soledad, y la gente, debajo de sus paraguas o dentro de sus impermeables, se dirigía a la estación en espera de la banda de música que nos cobra bien cara el Ayuntamiento de Santander.
Una bandada de chiquillos, siempre contentos como los pájaros, y eternamente felices con todo lo que signifique fiesta, jugaba en los alrededores del paseo de Cupido desde hacía lo menos dos horas… La impaciencia por oír la música les devoraba… De pronto dijeron todos a una: ¡ya viene el tren! ¡ya viene el tren!… Y corrieron hacia la puerta llenos de felicidad.
Fue saliendo la gente en hilera interminable y compacta. Después se vio un uniforme, luego más y por último la banda completa organizándose poco a poco, disponiendo los instrumentos y preparándose para tocar el pasa-calle de entrada que se hizo cuando ya anochecía y la lluvia continuaba pertinaz, embarrancando las aceras… Se auguraba una feria desapacible.
Después vino la noche llena de nubarrones y con el viento helado como el que suele bajar en noviembre precediendo las grandes nevadas…
Los cafés estaban doblemente iluminados; en el teatro se hacían ya los últimos preparativos…
La feria empezó desanimada. El primer día apenas se ha conocido, porque no había ni gente forastera de la que viene a gozar, ni aldeanos de los que vienen a comprar y a ver los fuegos por la noche. Y cuando llegó ésta, que era la señalada para la inauguración del teatro, resultó que no pudimos aprovecharla por un pequeño defecto en la instalación eléctrica, que se salvó al día siguiente porque era difícil advertirle de puro fácil que resultó al fin.
Pero el segundo día de feria se cumplió el programa.
Desde mi asiento paradisiaco, o sea desde la última grada del gallinero (número 6, donde tienen ustedes su… asiento), he asistido a la inauguración del teatro. Todas las localidades estaban ocupadas. Los veraneantes concurrieron para aumentar el explendor de la fiesta y hasta hubo sus coches de lujo a la puerta del coliseo. Y a todo esto seguía lloviendo insistentemente.
A las ocho y media ya se estaba pidiendo el primer número del programa. Y después de un rato de admiración hacia el alumbrado eléctrico que embellecía la sala, se tocó la sinfonía y a los acordes de ella el señor D’Almonte nos fue enseñando todas las decoraciones que con tanto amore ha pintado para nuestro teatro. El telón de boca, magnífica reproducción del nacimiento del Ebro, es de una gran belleza artística.
Hicimos, pues, salir al señor D’Almonte tantas veces como decoraciones nos exhibía; ya fuese la sala regia, el jardín, el bosque, o el telón que representaba una calle que se pierde a lo lejos.,. Y cuando acabó, los aplausos se extendieron al señor Alonso, instalador de la luz eléctrica que ha trabajado con afán incansable y al que nosotros hemos visto recorrer siempre las calles con precipitación y entusiasmo por acabar su obra…
Fueron siguiendo los aplausos para la modestia de los obreros que han coadyuvado a la belleza del conjunto, y por último salió el contratista y el inspector de las obras para los cuales no di mi aplauso por las angustias que me hicieron pasar en las estrecheces de la grada.
Se conoce que les llamaban los que se sentían placenteramente sentados en los palcos. Los cuales (los palcos), también tienen la ventaja de no ser de buen gusto. O los habitantes de las butacas que se fatigaban a causa de la posición violenta que les proporcionaba la rápida inclinación del pavimento. Que también tiene la buena cualidad de estar mal proporcionado.
Pero ello es que la sala estaba magnífica y brillante. Lo más selecto de Reinosa estaba allí, con sus elegancias y sus bellezas. Y aunque yo veo poco desde la posición que ocupaba apenas distinguía los rostros divinos de mis paisanas, para eso me tomé la libertad de bajar al patio y contemplarlas de cerca y verlas a mi gusto y satisfacción.
Y gracias a eso y a la animación y buena armonía que reinaba en el coliseo pasamos la noche bien, porque la verdad es que la compañía es una cosa regular y la zarzuela con piano siempre me ha resultado trozos de café cantante. Y conste que no estoy sobornado por ella puesto que pagué mis tres reales correspondientes.
Merece muchos plácemes el señor Santamaría, porque nos proporcionó con su excelente banda de música el mejor número de la noche y a cuyo señor pagamos con hacérsele repetir, y con colmarle de aplausos que nos salían a todos desde lo más hondo del corazón.
Para terminar esto; La fiesta resultó por que se inauguraba el teatro y la luz, y todos íbamos con el espíritu inclinado hacia la felicidad. Sino, salimos de allí con mal humor. La verdad por delante.
¡Ah! Las localidades un tanto caritas. Mire usted que tener que pagar tres reales por estar tan mal como se estaba en mi localidad. Y dos pesetas aquellos infelices que se caían hacia el escenario…
La feria, insulsa por la lluvia pertinaz y por la falta de animación a causa de los pocos forasteros que han concurrido. Como no se había anunciado habrán dicho: se acabó la feria en Reinosa.
Y nos ha pasado lo que en Chicago. Mucho ruido y pocas nueces. Se llamó la atención del mundo entero y al fin no fue nadie. Que ha pasado lo que aquí, solo que no hemos llamado la atención de nadie. Verdad es que ha llovido mucho y que esa brutalidad de la naturaleza nos ha perjudicado notablemente. Mucho más si se agrega que no hemos tenido festejos y que el único que hay, que es la música de Santander, nos le han querido llevar a la cuatropea para amenizar la concurrencia de caballerías y la soledad del cementerio… Y en la plaza la contemplación del kiosco y las barracas de banquillos y tejados de lienzo blanco.
Esta noche continúa la compañía sus representaciones, que es lo único a que podremos concretarnos, por que el día sigue lluvioso y ni habrá rifas, ni paseo, ni música tal vez.
Valientes ferias nos han caído en suerte. Y valiente buhardilla la que corona la fachada principal del teatro.

R. SÁNCHEZ DÍAZ.
El Atlántico : Año VIII Número 257 – 1893 septiembre 24

Teatro Principal. Año de 1.958 durante el estreno en Reinosa de la película El Puente sobre el río Kwai.

Día 25 de septiembre de 1.893, crónica de D. Demetrio Duque y Merino


INAUGURACIÓN

Desde que pusieron la primera piedra del edificio teatro de mi lugar he estado viendo como se nos venía encima la palabreja «coliseo*. No he querido decirlo antes por no levantar la liebre; pero liay liebres que se levantan ellas solas desde que son gazapos. Cuando la
acerada fasta del látigo de Clarín no ha conseguido relegarla a su lugar debido y propia significación, resignémonos a aguantar el «coliseo» el tiempo que Dios sea servido, y ojalá no tuviera mayor detrimento el vistoso teatro que se acaba de estrenar hace media hora en Reinosa.
La empresa de este Coliseo: – al  que no quiere caldo taza y media: “Coliseo” con C grande, que preparó y anunció la inauguración para la noche del jueves, día de San Mateo, no pudo llegar al logro de sus deseos, con los cuales coincidíamos muchos, en vista de lo ocurrido anoche a consecuencia del alumbrado eléctrico, según nos dijo ayer en un anuncio; pudiendo haber dicho con más exactitud, del no alumbrado eléctrico, por que lo ocurrido fue que, para el teatro no hubo luz. Pero lo que no pudo hacerse el jueves se hizo el viernes, con buena noche para la empresa, puesto que el teatro se llenó completamente hasta rebosar, teniendo necesidad de aprovechar todos los huecos y rincones donde pudo ponerse silla. Entrada extra.
¡Y que estaba aprovechadísima la sala! En palcos y butacas abundaban, (nunca se ha dicho más exactamente que lo que abunda no daña), muchachas hermosas, elegantes, de gran fiesta. Más que los trajes ricos, los tocados y prendidos de buen gusto, los sombreros importunos, aunque lujosos, que de todo se lucía a la clara luz de las lámparas incandescentes, se admiraba la hermosura y la gracia de mis jóvenes paisanas, y hasta de las menos jóvenes, de las damas todas; que en la platea, en los balcones y en la galería repleta, donde también había caras bonitas en abundancia, acudieron al festejo para avalorarle con su presencia y demostrar el agrado con que acogían la inauguración del nuevo teatro.
– ¡Qué bueno está esto! – decía uno, que en pie en el pasillo de las butacas, paseaba su vista de arriba abajo en todas direcciones.
– ¿Te gusta el teatro? – le preguntaba otro. .
– ¿A quién no le gusta tanta cara guapa?… Está superior.
En la disposición y distribución del espectáculo hubo de todo.
Empezó por la exhibición de las bien pintadas,  y muy pintadas, decoraciones que ha hecho el conocido escenógrafo don Arturo D Almonte, pintor así mismo del telón y el techo del teatro, que gustaron mucho á la concurrencia.
Cada decoración que se exhibió fue saludada con nutrida salva de aplausos, y el pintor tuvo que salir muchas veces al escenario a recibir los que el público le prodigó, satisfecho de su obra. Bien puede estarlo también el señor D’Almonte. Si con ella no ha ganado dinero, que no habrá ganado mucho, los aplausos de anoche no se le olvidarán tan pronto, por que eran expresión de las muchas simpatías que aquí ha adquirido.
Al presentarse, una de las últimas veces, pidió al concurso que le aclamaba, que otorgara también sus plácemes al señor Alonso, instalador de la luz eléctrica, a cuya claridad se debía parte del lucimiento de sus decoraciones. Y el señor Alonso fue también llamado por el público y aclamado y aplaudido cuando modestamente se presentó en el escenario conducido por el señor D’Almonte.
– Yo no paro en esto. ¡Qué salga fulano! – decían desde arriba.
– ¡Que salga citano!
Y comentando en los pasillos esta primera parte del espectáculo había quien echaba de menos muchas salidas.
Después nos sirvieron uno de esos platos de salsa picante y sal gorda que, con el apodo de juguetes cómico-líricos, traen a mal el teatro en todas partes.
En un rincón del pasillo alto tropecé, liando un cigarrillo, a un hombre del pueblo, del pueblo sano, aficionado a ver comedias, y hasta a representarlas él mismo, y quise saber que le parecía lo que nos habían hecho escuchar.
– Mire usted, – me decía indignado,
– que haber hecho un teatro de nueva planta, y haberle pintado tan majo, y decorado tan bien, y alumbrado por la electricidad, que es lo último, para sacarnos lo primero en él una mujer borracha y un gallego entreverado que dice chistes capaces de enrojecer a un cabo de gastadores…
– Es verdad; pero creo que han andado de prisa.
– Pero, ¿no había una zarzuela buena para esta noche?
– Ni para ninguna. Mira: las zarzuelas buenas son malas todas por que son zarzuelas.
– Pero esto es malo y ni siquiera es zarzuela.
Convenío, – le dije apretándole la mano en señal de asentimiento y separándome de él para seguir mis observaciones.
Entre dos jóvenes que tomaban café en el casino del teatro debía tratarse la misma cuestión, en parecidos términos, por que al pasar oí que decía uno:
– Pues, hombre, en Madrid bien aplauden estas cosas y se representan muchas noches seguidas.
– ¿Y qué tengo yo que ver con que en Madrid lo aplaudan todo? – contestaba el Otro.
Entré en el salón, encontró a otro del oficio y nos desahogamos, hasta que el timbre nos volvió á llamar a la butaca.
– Don Demetrio; vaya usted con cuidado, – me dijo uno viéndome bajar a mi primera fila;
-Mire usted que eso está muy pindio.
Se alzó el telón y apareció en el escenario la banda que dirige Santa María.
No se necesitaba conocerla ni haberla oído tanto como la hemos oído. En la colocación ordenada, y sencilla, en la actitud de los instrumentistas ante sus atriles y papeles, en la mirada inteligente del maestro, que daba con la vista la orden de estar preparados para cuando levantase la batuta, se conocía que el arte había recobrado su dominio. Tocaron una sinfonía de Adam, Si j’étais roi, tocaron una jota y cuanto, llenándoles de aplausos, los pidió el público. Y lo tocaron bien, pero muy bien.
Si yo no fuera tan amigo como soy del maestro Santa María, este sería el renglón de más extensos y más justificados elogios. Téngase por escritos; que no es canon aceptable el que no se debe elogiar mucho a los amigos.
Diéronnos después un fin de fiesta, cómico lírico también, ¡por vida de lo lírico! para que riendo se rematase la fiesta con que Reinosa ha estrenado un teatro más lujoso que el que necesitaba, (repito que lo que abunda no daña), bien pintado y decorado, alumbrado por luz eléctrica que ojalá se porte siempre como anoche, y yo espero que se ha de portar mejor pues la instalación de ahora es todavía interina.
Al salir llovía a cántaros y a la puerta del teatro había algunos coches particulares esperando a sus dueños.
– Como en una ciudad, – oí decir a mi lado.
– Lo mismo, hija, y quién sabe…
– Como en muchas ciudades mal arregladas, – exclamaba yo al pasar por aceras donde los tejados sin caños goteaban de manera que eran insuficientes los paraguas para librarse de la ducha.
Y aún no se han concluido las inauguraciones y sigue lloviendo.

D. DUQUE Y MERINO.

El Atlántico : Año VIII Número 257 – 1893 septiembre 25